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Héctor Abad Faciolince

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Últimamente he leído libros sobre la familia (por ejemplo, Lo que no tiene nombre , de Piedad Bonnett), pero el tuyo me ha dado esperanza. El olvido que seremos no solo retrata a tu padre desde los ojos con los que lo mirabas, sino que construye una figura más amplia y poderosa: alguien que quería cuidarnos a todos, protegernos, una especie de padre arquetípico. Quizás por eso me conmueve tanto esa imagen: porque evidencia una forma de estar en el mundo que me resulta ajena y, al mismo tiempo, profundamente deseable.  Admiro ese gesto de cuidado , porque la mayoría de las personas evitamos sufrir antes que pelear por aquello que importa. A veces parecemos niños desorientados frente a una injusticia que nos excede. En tu libro mencionas que no hay nada peor que no ser uno mismo, y estoy de acuerdo. Sin embargo, esa idea se me vuelve difícil de sostener cuando la confronto con mi propia experiencia. Mi padre es profundamente auténtico, pero no está bien: es negligente, alcohólico fu...

Abandono en la nube

Juana vestía a sus niños con ropa de color blanco. Temía la escasez de agua y lo que esta estúpida sobrevivencia humana pudiera provocar en su familia. Utilizaban goteros para repartir las dosis mínimas de hidratación diaria, y los baños se realizaban con atomizadores. Sus hijos crecieron de esta forma precaria. Francis y Peter ignoraban el asunto por su corta edad; sin embargo, el menor soñaba con poder crear nubes —tuvo la suerte de verlas apenas dos veces— y abastecer al pueblo. Aún no lo sabía, pero aquel deseo no nacía del todo de la utilidad. Los niños no podían hacer deporte ni jugar con tierra: la calidad del aire era fatal y no había forma de hidratarse o lavarse después del juego. El movimiento estaba prohibido. Esto les producía problemas intestinales e insomnio. Las “quemadas de ojos”, las torres con cartas y las damas lograban hacer olvidar el entorno terrorífico, al menos a los menores. A diferencia de ellos, Juana no soportaba vivir así. Cada día se debilitaba más, hasta...

TEPT-C

Lo único que me ha entregado la vida son golpes, y ahora me siento como una rata caminando sobre veneno : sobrerreaccionando a cualquier estímulo, con una percepción distorsionada de las cosas. No sé si tendré que convivir con esto para siempre o si aprenderé a ser otra. Soy una persona funcional, pero por dentro soy una cañería infestada donde el flujo no conoce la versatilidad, solo la presión de lo que ha sido forzado. Hace poco terminé de ver la serie Cowboy Bebop y Spike, el personaje principal, me hace sentir representada. Esa sensibilidad que no es ternura, sino cicatriz; el trauma habitado como si cada gesto escondiera una historia de algo que se rompió demasiado pronto. Me veo en su mirada, la de quien sigue habitando lo tormentoso y situaciones que nunca debieron ocurrir. La fragilidad de nuestra propia historia suele olvidarse porque no estamos hechos para vivir hacia atrás. Lo que nos mueve existe adelante, aunque sea en un terreno inestable y ...

Cuento sin título ||

Las criaturas me persiguen; están ahí, aisladas, ocultas. Se esconden en los muros y solo yo puedo verlas. Me roban algo esencial, como si apagaran mi brillo. Huyen por las tablas mientras carcomen todo a su paso. Construyen túneles. Invertebrados indóciles que no me dejan en paz. Se deslizan hacia mi interior cuando duermo. Esto me deprime; yo no era así. Mi madre insiste en que vaya al médico, que así desaparecerán y lograrán arrancármelas de la psiquis; que son como piojos, pero aferrados a lo que llevo dentro. Percibo cómo se hunden en los rincones de la habitación y ejecutan su danza habitual. Quizá deba cederles mi existencia: ya no puedo más, me provocan un horror insoportable. Al comienzo, cuando ella supo de la angustia que sentía, me dijo que orara, que buscara lo divino en cada cosa. Desde entonces he intentado entender cómo puede lo sagrado habitar incluso en criaturas viscosas e infames. Pienso que en los cuerpos pútridos no puede morar Dios, tampoco lo hallaré allí. Y si ...

Arde maniquí

En el fondo nos entendemos, y es curiosa esa forma de expresarlo. Tal vez sea una manera de consolarnos: ofrecer una explicación más profunda sobre otra más superficial, o envolver un hecho que no queremos aceptar. Una pequeña mentira que intenta justificar el daño. Nos entendemos porque formamos parte de algo común, un reflejo en el que vimos pasar, lado a lado, a la misma cantidad de gente. El día que dejé de tenerte fue como perder una pieza que contenía la respuesta. La sensación de correr los muebles y sacudir las cenizas sin una finalidad, la desesperación de dejar ir. Me acompañaba en el trabajo. Era el único maniquí de la tienda, donde vendíamos sombreros y ponchos hechos a mano. Estaba conmigo en las crisis y en los breves momentos de jolgorio. En la sencillez de lo cotidiano, abrazaba tu presencia bajo un silencio abrumador que escondía mis deseos. Observábamos el mundo girar a través de la vitrina del local. Doblaba los ponchos imaginando en qué pensabas. Me irrumpía la duda...

Monólogo de luto

— Son siete años. — ¿Siete años de qué? — De mentirme sin pretexto. — No entiendo a qué te refieres. — Pongámoslo así: el aire roza mis pies en la playa, pero no logro sentirlo. Solo percibo cómo el horizonte me roba el cuerpo. La pasta de ají con jengibre arde, y aun así apenas distingo la humedad que se disuelve en mi boca. Es un problema sensorial, como si mis sentidos hubieran aprendido a fingir. Por eso no me entiendo: porque ya no me siento. Cuando lo conocí, pensé en lo que hoy me atormenta, aunque nunca imaginé que llegaría a su fin. — Disculpa, pero aún no entiendo de qué hablas. — Hablo de que, si uno se miente ignorando lo que siente —aunque a veces ni siquiera sepa cómo hacerlo—, la vida termina por darte una patada. — Entonces… ¿te diste cuenta de que te mentiste mucho tiempo? ¿Eso te duele? — No solo me duele. Me atormenta haber sido desleal conmigo, haberme equivocado, haberlo perdido. Haber sostenido una ilusión que ya no se sostenía. Me hice daño creyendo que podía cam...

Cuento sin título

El inspector Valdés no conocía el atardecer. Pasaba sus días encerrado en un abismo del cual había olvidado —con el paso de los años— cuándo decidió saltar. Su padre, un ludópata incontrolable, le enseñó a apostar desde que tuvo uso de razón. Aprendió a jugar póker antes que a leer y para su funeral, heredó un dedo putrefacto del cadáver. Ese amuleto le brindaba buena suerte, lo llevaba siempre consigo. Eric Valdés aprendió en la clandestinidad a fumar y a lamentarse. Sus tardes, después del trabajo, consistían en ir a las cabinas de juego y apostar lo que ganaba. Salía de noche, cuando las estrellas ya se posaban en el cielo. Dormía pensando en sus impulsos y apenas podía esperar la siguiente ocasión. Hundido en su pequeño mundo de barrio, sus pérdidas eran el sustento principal de la señora Matilda, quien tenía las máquinas necesarias para hacerlo feliz. Condenado a la música estándar latinoamericana y al cáncer de pulmón por tanto fumar, para Valdés era imposible otra manera de afro...

Compartíamos pan Ciabatta en el fin del mundo

El lugar era un joyero flotante destinado a guardar las hazañas de los humanos. Aquello conquistado y relevante se encontraba allí: las estrellas e incendios. Junto a una amiga escalamos el tesoro para guardarnos dentro de él. Era una estructura brillante suspendida en la nada, fuera del tiempo. Adentro, las paredes latían con imágenes del cielo que nos pertenecía, las embarcaciones presentaban sus heridas y los distintos lenguajes mostraban una forma de configurar la psique. Todo era código y carne, mapas invisibles en el aire, líneas dibujadas por la necesidad de comprender y de contarnos unos a otros. Sentía que en mi corazón al fin comprendía qué era la vida y su razón, cómo nuestra colonia —con nudillos y vellos— lograba acariciar la historia. Me impresionaba la posibilidad de haber tocado algo más grande que nosotros. Desde hoy me he prometido aprender más y ver documentales como si el sueño trajera consigo una verdad urgente. Pero lo realmente magnífico fue que después del museo...

Hoy tuve evaluación

Toma su mochila para salir de casa como cada miércoles. Pareciera que cargara con el alma dentro por el peso que le genera. La sensación inevitable de todos los meses y semanas: que algo saldrá mal, algo que la mayoría del tiempo ni siquiera ocurre. ¿La vida transcurrirá así? se pregunta. Un constante vaivén de cuestionamientos y aseveraciones que, dependiendo de la persona, exige un término o un evento expectante que venga a cambiar la realidad. Es una pena que no pueda vivir el ahora. Se convence de que esto es intrínseco en los seres humanos. Debe llegar a la universidad y lo único realmente importante —más que las preguntas existenciales— es llegar a la hora.   Cuando el profesor habla da la impresión de que aún hay motivos para seguir envejeciendo y descubriendo más. Esas palabras, a veces, calman el ruido interior. En otras ocasiones, surgen preguntas imposibles de formular en clases: quisiera saber dónde está esa puerta secreta que solo los suicidas encuentran, por la c...

No tenemos por qué saber los porqués

Mientras tomaba café con su amante en la terraza del workcoffee del banco, comentó que últimamente sufría más de lo habitual, sin entender por qué. Vivía en una niebla emocional, intentando adaptarse a una serie de cambios que había deseado durante años. Sus planes por fin se concretaban, mas no podía sentirse feliz ni disfrutar de ellos. Todo parecía en orden: su vida social, profesional y económica fluía, e incluso sus pares y su familia prestaban atención a sus problemas. Una sombra de color ébano le robaba la alegría del corazón, y no había razones aparentes que justificaran su sufrimiento. Al escucharla, meditaba en lo que da sentido a nuestro día a día. He aprendido —gracias a la benevolencia— lo importante que es cuidar las risas, sostener nuestros propósitos y apoyarnos para sobrevivir en este mundo sin remedio. ¿Será que lo que creía que iba a hacerla sentir contenta era solo una ilusión? Es humano aspirar a metas para tener con qué justificar nuestra desdicha. Pensé larg...

Últimamente veo borrosidad

Por la noche, me duermo pensando en el pánico que me genera la rutina que acontece. Me cuesta seguirla y no entiendo qué es lo que me inquieta. Así transito la vida desde hace más de un mes, como si mi mente me impusiera un tipo de descontrol necesario para sobrevivir de esta manera. Tal vez sea una forma de escape, tal vez un castigo. A veces, mi cerebro me regala episodios de ausencia o la sensación de ser miserable por no tener fortaleza. Me comparo con lo que enfrentan otras personas: problemas reales, problemas que no consisten en guerrillas irracionales. Pienso en a quiénes les he fallado, y en un gato blanco que entró por mi ventana a principios de este año. No logro distinguir si ocurrió de verdad. Durante un tiempo consideré que podía ser el motivo por el cual comenzó la desgracia. Sin embargo, terminé por decantarme en lo ridículo de la idea. El hecho de que fuese blanco me hace creer en su veracidad, además de que suelo dormir en verano con la ventana abierta. Siento cómo to...

Cuento-carta para una amiga, Dear D.

(..)  Mencioné anteriormente el origen y fin de todas las cosas, que es donde reside tu padre actualmente. Te preguntarás dónde queda esto y pensarás que bajo tierra es la respuesta. La verdad, D, es que existe más que eso en el fin. No puedo explicarte, como ser mortal, de qué manera está entretejido este plano, sin embargo, allá es divertido. Todo es arte y logra fundirse con gran entereza en un verde pálido capaz de barrer el dolor. No se distingue la individualidad; los árboles de las flores, los humanos de los peces. Todos conviven en esto uniforme que te describo. Si existen muros, son para tallar las grandes enseñanzas que algún ente haya tenido en su pasado. Estas paredes, al atiborrarse de palabras, se transforman en hermosas esculturas con el peso del aprendizaje de todas esas vidas llenas de arrepentimiento. En general, son figuras ornamentales rodeadas de misticismo que luego viajan a la cabeza de algún artista, quien en la Tierra se encargará de difundir estos mensajes...

Muerte con Pingüino

En la Rusia del siglo pasado, donde aún se recibía una educación soviética, nació Andréi Kurkov, traductor y escritor que, a través de su libro, logró hacerme viajar a su vida mediante los oscuros y monótonos caminos del temperamento ruso. Al recorrer las páginas, en mi imaginación pude ver la arquitectura de la ciudad, cómo se desenvuelve la sociedad de esa época y los paisajes me recuerdan a un invierno que no he vivido. Los ataques y sombras que atormentan al personaje principal no son más que los monstruos internos que no dejan de perseguirlo dondequiera que esté. Mediante una situación cómica y absurda, nos embarca en un viaje del que nos fascinamos hasta el final de la obra, donde recurre al bien sabido dilema de que nuestro verdadero enemigo somos nosotros mismos. Es conmovedor cómo nos transporta y hace transitar tan bien lo desconocido. Nos invita a su país, a su cultura y a lo más profundo de sí mismo. El final es avasallador, sumerge en una melancolía profunda que procesarem...

El psicólogo y mis amigos

Me hiciste estallar al nombrar los argumentos que se supone deben ganar la conversación. Respondiste preguntas que nadie te hizo y recalcaste, en momentos, mi autorreferencia, como si pensases que no estaba interesada en ti. No hubo tacto en tus palabras, ni mucho menos respeto hacia el lugar en el que te encontrabas. No comprendí si el inconveniente era porque no se trataba de ti o si, en realidad, lo era. Ser vulnerable me ha traído más de una persona intentando depositar sus desechos en mí, y mi manejo de emociones suele no ser el adecuado, lo que termina desbordándome. Tu mala actitud me costó un amigo y un círculo, pero, pese a todo, eran personas que debía dejar partir. Es misterioso cómo algunos acontecimientos provocan que el manto que por tanto tiempo cubrió tus ojos se caiga. Causan repercusiones sobre materia obsoleta. Te doy las gracias por ser un dolor que me obligó a rendirme con quiénes me acompañaron en una etapa temprana de mi vida, permitiéndome dejar atrás lo que ya ...

Amor en verano

Quisiera deshacerme de él, que el deseo pudiera quitarse como una mancha de la ropa. Olvidarme de la obsesión que me produce el que me quieras. Sin embargo, a veces nos imagino en una casa juntos, que decoramos con objetos originales y te saco fotos que son solo para mí. Nos imagino compartiendo un viaje en bus, y mientras me apoyo en ti, nos dormimos. Imagino que nos presentamos a nuestras familias y que solo conmigo logras tener una relación estable, así que los miedos adolescentes se marchan. Soy una visitante que no logra diferenciar lo genuino en nuestra amistad e inventa un novelesco mundo donde pudimos ser otros. No sé cómo dejar de confundir mis ganas y tan solo aceptar lo afable del momento. Mi estrategia es simplemente dejar la vida pasar, como el verano.

Fragmento de mi libro

En ese entonces, el alcohol me ayudaba a sopesar la crudeza por la que transitaba. Si hay algo de mérito en mi historia, es que no cualquiera puede caer tan bajo, se necesita coraje. El abandono de uno mismo y la soledad más perversa están reservadas para que la experimenten unos cuantos elegidos. Comenzó el huracán y ya no me contenía más, así que fui un miércoles a verte. Mientras iba de camino era como si transitara por un plano inmaterial, rodeado de un gris que recordaba que todo estaba condenado a esfumarse: las veredas mal pavimentadas, el cielo decaído, la contaminación y mi piel descuidada. Alguna mano gigante de un ser superior pudo haberse extendido y atravesado la atmósfera para arrugar la Tierra y lanzarla por el espacio, o dejar caer sus cenizas. Me encontraba a una cuadra de donde se supone que estarías. Aún no descubría el modo de acercarme, estaba paralizado. Sopesaba las posibilidades y eventos probables. Me imaginé siendo devorado por tu amor, que nos besábamos y no...

Home Sweet Home

El piso de la habitación pareciera abrirse cada vez que transita un autobús por la calle, como si el sonido se propagase solo por debajo de las tablas de madera de esta. Lo que comunican los crujidos es que la ciudad invita a mecerse a través de las vibraciones y el calor de diciembre. En invierno, las tablas absorben la humedad para proteger lo que esté dentro de ellas y poder recostarse en el suelo, encima de la alfombra que las cubre. La inestabilidad del lugar se contagia por medio de los sentidos. Los días en los cuales llego repleta de amor parece más iluminada y las mañanas en las cuales no puedo levantarme, más pesada. Cuando abro la ventana, mis pensamientos pueden circular, y a veces, cuando no logro entenderme, cambia de color. El cuarto se impregna de estilo y personalidad, también, ha llegado a resoplar palabras de aliento. El mundo últimamente parece más hostil de lo que se supone debiera ser, o puede ser un signo del primer cuarto de siglo vivido. Queda un vago optimismo...

Lovely Sir Paul

Mientras camina de vuelta a casa, la mujer busca la nostalgia. Saca de su bolso sus audífonos y se los coloca para escuchar música que se parezca a su temple. Recuerda una melodía hermosa que escoge para acompañarla y transita con la intención de entender de qué trata la letra. La canción es "Junk" del disco McCartney. En su cabeza toma fuerza la idea de que la frase «Buy buy, Says the sign in the shop window» evoca paseos en zonas rurales en compañía de un amor. Cuando analiza las palabras  que utiliza, le confunde que sean tan sencillas y evoquen sentimientos tan profundos. Luego  reflexiona que dentro de las memorias modestas se construye lo esencial y que probablemente pase lo mismo con el lenguaje. La historia de Linda y Paul aún vive y es compartida, piensa. Desconfía en si le tocará experimentar algo así dentro de su paso por el mundo, pero pese a esto, no se altera y cae en cuenta de que ya posee un pedazo de su amor en forma de canción. Imagina qu...

Fragmento de mi libro

Sin percatarme, el departamento ya formaba parte del pasado. Los muebles e idioteces infantiles habían desaparecido. Ya nada quedaba en su lugar, solo polvo clandestino que suele acumularse en lo inamovible. Las cajas estaban ordenadas y selladas, había botado lo que no servía y solo quedaba limpiar un poco. Dejé a Amelia y una maleta aparte, sería lo último que empacaría. Me despedí de mi hogar lleno de dudas. Intentaba memorizar las sensaciones y el panorama. La nostalgia sería mi amiga, me ayudaría a conducir hasta donde debía llegar. Las despedidas duelen, es cierto, y nadie dice lo contrario. El apego no se puede negar, al igual que el hecho de que todos necesitamos amor. Me quedé tirado en el piso que por tanto me sostuvo y me acurruqué como un animalito. Miraba por el ventanal y me sentía desnudo, en años no sentí ese sitio tan especial como cuando tuve que decir adiós.

Fragmento de mi libro

Escucho la nada, es un eco intermitente que opaca la marea y distrae del sonido de las olas. Me percato de que no estoy solo en mi miseria, sino que la calma desvía mis pensamientos. Necesito entenderme, hacer ruido con mi mente rota. No para perdonarme al repasar mi vida, sino para dejar de castigarme por ello. Quiero morir antes de que el sol se ponga y, tal como en mi pesadilla, ser tragado por el mar y por aquel pájaro sensato que decidió destruir la humanidad. Ahora solo queda entregarme al vacuo azul profundo y amparar a quienes también se desviven con su brújula averiada. Repaso por última vez las peleas, los eventos y circunstancias. La herida que todos cargan: el bebé de la vecina que murió cuando era un niño, las veces que fui a urgencias alegando por la pena que sentía, mi primer beso. Me cuestiono si conocí el amor o si Débora tenía razón, aunque simplemente ya no importa. Recuerdo las diferentes texturas de los cabellos de las personas con quienes salí y el diseño de las c...