Abandono en la nube
Juana vestía a sus niños con ropa de color blanco. Temía la escasez de agua y lo que esta estúpida sobrevivencia humana pudiera provocar en su familia. Utilizaban goteros para repartir las dosis mínimas de hidratación diaria, y los baños se realizaban con atomizadores.
Sus hijos crecieron de esta forma precaria. Francis y Peter ignoraban el asunto por su corta edad; sin embargo, el menor soñaba con poder crear nubes —tuvo la suerte de verlas apenas dos veces— y abastecer al pueblo. Aún no lo sabía, pero aquel deseo no nacía del todo de la utilidad.
Los niños no podían hacer deporte ni jugar con tierra: la calidad del aire era fatal y no había forma de hidratarse o lavarse después del juego. El movimiento estaba prohibido. Esto les producía problemas intestinales e insomnio. Las “quemadas de ojos”, las torres con cartas y las damas lograban hacer olvidar el entorno terrorífico, al menos a los menores.
A diferencia de ellos, Juana no soportaba vivir así. Cada día se debilitaba más, hasta el punto de dejar de fermentar comida, la única manera que tenían de conservarla y alimentarse.
Desde hacía días, Francis contaba las respiraciones de su madre mientras dormía.
—Está peor —dijo en voz baja—. Hoy no se levantó.
Peter negó con la cabeza.
—No es eso. Si aguanta un poco más, se le pasa.
—No se pasa —insistió Francis—. Cada día come menos.
—Porque no la estamos ayudando —replicó Peter—. Si yo pudiera hacer lo que pienso, ella no se enfermaría. El pueblo tampoco.
Juana los escuchaba desde la otra habitación. No era la discusión lo que la alteraba, sino la certeza con la que Peter hablaba: una seguridad sostenida en su ingenuidad e ilusiones.
—Chicos —dijo al entrar—, así como vamos, niéguense a soñar.
Para Peter, esas palabras marcaron un antes y un después. Lo desafiaban a realizar su proyecto, aquello en lo que creía, como una promesa que debía cumplirse.
Dentro del blanco que devoraba la Tierra cada vez más, comenzó a buscar objetos que le permitieran armar su osadía. Reunió una bicicleta antigua que aún conservaba los pedales y las cadenas sin oxidar; tomó sábanas de su hogar y empezó a construir la cubierta con tierra, recolectando líquido a partir de escupitajos, orina y, muchas veces, bilis para poder moldearla. Incluso recurrió a las heces.
No tenía otra forma de hacerlo. Luchar contra el asco le parecía un trato justo. Se recriminaría toda su vida si no lo intentaba, por duro que fuese.
Una vez que la nave estuvo armada, tocaba volar. Peter había escondido sus tesoros y llevaba semanas juntando agua de los atomizadores y de las gotas diarias. Su salud empeoraba visiblemente.
Dentro de una botella guardaba su bienestar hecho vapor.
Cuando llegó el día, Francis se acercó y le dijo:
—No creerás que harás esta locura.
—Francis, por favor. Déjame ir, debo ir.
—¡Mírate! Pareces un drogadicto y estás amarillo. ¿Realmente piensas que funcionará? ¿Que salvarás a alguien?
—¿Tú no lo entiendes, cierto? Quiero dejar de ser invisible. Ser recordado, para no morir nunca. Amo la vida y si eso implica mi muerte, ahí estaré.
Francis no supo qué decir y dejó marchar a su hermano menor. Comprendió que cada viaje es individual.
Peter subió a su nave y comenzó a pedalear con las últimas fuerzas que le quedaban. Sabía que era probable morir en el intento. Cuando alcanzó la altura suficiente, introdujo un fósforo encendido en la botella con agua tibia para llenarla de partículas de humo. Luego apoyó sobre ella otra botella, congelada durante noches enteras en un refrigerador que apenas funcionaba, para intentar enfriar y condensar el vapor.
Esperó.
El pueblo observaba aquel espectáculo maloliente en silencio.
Cuando creyó que había pasado el tiempo suficiente, Peter voló lo más alto posible para desparramar aquel amparo sobre la tierra. Sin embargo, su pobre nube no fue suficiente para un pueblo perdido.
Cayó.
Juana lo miraba desde abajo con un desconsuelo seco, sin lágrimas. Pensó que incluso el sacrificio, cuando fracasa, se vuelve una carga para los que quedan.
Estoy cansada de seguir viendo el mundo en un sepia agotador. El polvo entra por la nariz, por la boca, por los recuerdos. Todo se deposita, incluso el amor.
En este abandono al que me dirijo, me rindo junto a cada talento y cada esperanza. La intimidad de saber que puedo apartarme hace que ya no los necesite. Incluso las cosas más significativas pueden irse cuando se vuelven insoportables. El paso del tiempo forma una fila de recuerdos que ya no se evocan. Gracias a la distracción cotidiana logramos olvidar el ruido externo, aunque a veces no sea más que cubrir una obsesión con otra. Aun así, la vida no se trata de resistirlo todo, sino de saber cuándo detenerse.
Juana regresó a la casa. Abrió el cajón inferior de la cocina. El arma seguía allí, envuelta en un paño, como una solución que nadie nombra pero todos conocen.
La tomó.
Salió al exterior.
El pueblo aún miraba el cielo vacío cuando Juana puso fin a la espera. No hubo gritos. No hubo discurso. Solo el gesto definitivo de quien cree, erróneamente o no, que proteger también puede significar terminar.
—Cuento en memoria del triple parricidio ocurrido en la comuna de las Condes el día 30 de Agosto del 2023—.
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