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Cuento sin título

El inspector Valdés no conocía el atardecer. Pasaba sus días encerrado en un abismo del cual había olvidado —con el paso de los años— cuándo decidió saltar. Su padre, un ludópata incontrolable, le enseñó a apostar desde que tuvo uso de razón. Aprendió a jugar póker antes que a leer y para su funeral, heredó un dedo putrefacto del cadáver. Ese amuleto le brindaba buena suerte, lo llevaba siempre consigo. Eric Valdés aprendió en la clandestinidad a fumar y a lamentarse. Sus tardes, después del trabajo, consistían en ir a las cabinas de juego y apostar lo que ganaba. Salía de noche, cuando las estrellas ya se posaban en el cielo. Dormía pensando en sus impulsos y apenas podía esperar la siguiente ocasión. Hundido en su pequeño mundo de barrio, sus pérdidas eran el sustento principal de la señora Matilda, quien tenía las máquinas necesarias para hacerlo feliz. Condenado a la música estándar latinoamericana y al cáncer de pulmón por tanto fumar, para Valdés era imposible otra manera de afro...