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No quiero decir quién eres

La cama está hecha. La cama está hecha. Te sirven leche caliente para despertar tranquila e irte a trabajar. No anhelas una conexión desesperada. No buscas el diálogo. El apuro no perdona y se lleva cada una de tus pertenencias mientras desayunas. Quedas al descubierto. No hay elogios, tampoco recriminaciones. Te esfuerzas y corres hacia un umbral misterioso. Nadie te entiende. Acompañas. No conoces de teorías. Eres parte de una historia casual. Una de esas donde nadie busca destacar ni dejar un legado. Solo caminas. Tú no te arrastras como otros, perdidos en laberintos rimbombantes. Aplastas a las personas. No te importa. Pero hay una sabiduría en tu locura. Las cosas podrían ser distintas en un paraíso horizontal y no en caída. Quiéreme, aunque sé que lo haces. Tómame de la mano y no te vayas sin mí. Enséñame el egoísmo sin sufrimiento. Quizá la equivocada soy yo.

Hoy tuve evaluación

Toma su mochila para salir de casa como cada miércoles. Pareciera que cargara con el alma dentro por el peso que le genera. La sensación inevitable de todos los meses y semanas: que algo saldrá mal, algo que la mayoría del tiempo ni siquiera ocurre. ¿La vida transcurrirá así? se pregunta. Un constante vaivén de cuestionamientos y aseveraciones que, dependiendo de la persona, exige un término o un evento expectante que venga a cambiar la realidad. Es una pena que no pueda vivir el ahora. Se convence de que esto es intrínseco en los seres humanos. Debe llegar a la universidad y lo único realmente importante —más que las preguntas existenciales— es llegar a la hora.   Cuando el profesor habla da la impresión de que aún hay motivos para seguir envejeciendo y descubriendo más. Esas palabras, a veces, calman el ruido interior. En otras ocasiones, surgen preguntas imposibles de formular en clases: quisiera saber dónde está esa puerta secreta que solo los suicidas encuentran, por la c...