Fragmento de un libro que no publicaré
Conservo cada fragmento, no se me ha olvidado nada: la sensación al girar la llave al entrar ese día al departamento, las luces que encendí, el mueble que abrí para sacar un vaso y servirme agua. Había un olor y un peso extraño, claustrofóbico, en el ambiente. Observé el espacio y su inmovilidad, la impermanencia que intentaba transformar. Fui a la habitación y te encontré. Estabas acostada en la alfombra, te habías abrigado con el cubrecamas y dejaste todo deshecho en el piso. El cuadro captó mi atención: la postura que tenías no era usual y no hacía frío. Me acerqué lentamente para entender qué sucedía, palpé de a poco por encima de la manta y allí estabas: inerte. No había color en tu rostro. Se había marchado lo más preciado que tenía, mi razón de vivir. Hundida en el pozo dorado que atraviesa la materia, decidiste dejar atrás lo que te aquejaba. Tu sufrimiento había acabado, pero yo, merecidamente, me abismaba en el dolor. El sobrecogedor y romántico tesoro decidió ser ausencia, apagar su brillo frente a mi secuestro y el hostil amor que le llevó a perecer. No pude con la agonía. Me escondí junto a ti en la manta y te abracé durante lo que restaba del día. Eras un objeto sin vida, naturaleza muerta. No quería avanzar, sino quedarme petrificado en la penumbra, aguardando a que revivieras. El desconsuelo que sentía estaba obstruido por la negación y el shock. Si mi cuerpo no hubiese reaccionado como una celda que no me permitía moverme, de seguro me hubiese arrojado por el balcón. Me mantuve ahí por horas, inhalando lo último que quedaba de ti, aferrándome a la falta. Estaba extraviado como una hormiga en la arena, no entendía cómo seguir adelante. ¿Cómo te levantas a la mañana siguiente después de una pérdida así? El entorno era nebuloso y agrio, la mirada me pesaba como una piedra, deseaba perecer junto a Amelia. Todo el sentido que alguna vez recuperé al enamorarme había desaparecido cruelmente y yacía tendido a mi lado. Recordé mi primer tesoro, en la infancia —una bolita de cristal en la que un dinosaurio disfrutaba, a perpetuidad, de la nieve— y el funesto episodio en que cayó y reventó, derramando su hermoso contenido sobre el suelo. Nunca pude perdonar al familiar que aniquiló a Frank, mi bolita de nieve del jurásico, mi mejor amigo y confidente. Desde el velador, Frank presenciaba mi tránsito hacia el sueño más profundo. Justo antes de caer, telepáticamente le contaba mis aventuras y preocupaciones. Frank solo me escuchaba y creía en mí, tal como Amelia.
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