Cuento sin título

El inspector Valdés no conocía el atardecer. Pasaba sus días encerrado en un abismo del cual había olvidado —con el paso de los años— cuándo decidió saltar. Su padre, un ludópata incontrolable, le enseñó a apostar desde que tuvo uso de razón. Aprendió a jugar póker antes que a leer y para su funeral, heredó un dedo putrefacto del cadáver. Ese amuleto le brindaba buena suerte, lo llevaba siempre consigo.

Eric Valdés aprendió en la clandestinidad a fumar y a lamentarse. Sus tardes, después del trabajo, consistían en ir a las cabinas de juego y apostar lo que ganaba. Salía de noche, cuando las estrellas ya se posaban en el cielo. Dormía pensando en sus impulsos y apenas podía esperar la siguiente ocasión. Hundido en su pequeño mundo de barrio, sus pérdidas eran el sustento principal de la señora Matilda, quien tenía las máquinas necesarias para hacerlo feliz. Condenado a la música estándar latinoamericana y al cáncer de pulmón por tanto fumar, para Valdés era imposible otra manera de afrontar la realidad: en su cabeza la vida se trataba de eso; empíricamente, funcionaba así. No quería viajar, las personas poco le importaban y aquel dedo mágico era lo que más atesoraba. Era su protección contra el mundo. Roñoso e insalubre, lo cargaba en el bolsillo, envuelto en una servilleta.

La tragedia comenzó un Viernes Santo. A Eric lo habían estado observando desde hacía un tiempo. Veían cuánto desembolsaba a diario en ese pequeño negocio —que probablemente se sostenía gracias a él— y decidieron estafarlo.

Ese fatídico viernes, cuando las hojas ya comenzaban a caer al suelo, se le acercó una pareja en medio del juego. Eran amables, aunque le extrañó la presencia de más personas en el lugar. Le ofrecieron algo irresistible: un pase al paraíso. Le hablaron de un sitio para gente como él, que sin duda le encantaría: brillo por todas partes, infinidad de ruletas, diferentes atracciones y montos millonarios. Dudó un instante, pero pensó que valía la pena aventurarse y comprobar si lo descrito era verdad.

Como nunca se retiraba antes de su jornada, vislumbró un horario en el cual no conocía el exterior. Un cielo desconocido lo observaba, y los pigmentos de un croma aterciopelado lo abrazaban. “Hoy es mi día”, pensó. Subió al auto de los extraños y se dejó guiar por su instinto.

Al llegar, confirmó lo prometido: el lugar era impresionante, más de lo que había imaginado. Estaba desconcertado por haber pasado tantos años sin conocer aquel sitio.

El aire del barrio olía a fritanga rancia y humo barato; las luces de neón de las cabinas apenas lograban esconder la humedad de las paredes. Ese mundo se le había vuelto un pantano cómodo, y por eso el fulgor del otro lugar casi lo ciega. Cuando abrió los ojos frente al casino, creyó que alguien había arrancado de cuajo su rutina y la había arrojado al vacío. Todo allí relucía, como si la realidad misma se hubiese puesto traje de gala.

La pareja, que era socia del lugar, desapareció en cuanto entraron, y Eric atribuyó su ausencia a la fascinación del momento. No quiso perder más tiempo y comenzó a hacer lo que mejor sabía. Se mantuvo preso de sus compulsiones, gastando lo que en un mes solía presupuestar. Hipnotizado, se sentía desvanecer de felicidad. Los botones encarnaban el pulso de su corazón y, cada vez que los apretaba, podía sentir cómo volvía a latir. La euforia lo dominaba: lanzaba los dados con prisa y usaba las cartas como abanico. Sus favoritas eran las de diamante, pues representaban el tesoro absoluto.

No volvió a ver a sus “amigos”, quienes le habían presentado el cielo. Permaneció alienado, sin recordar necesidades básicas como ir al baño o comer.

Desde la distancia lo vigilaban, esperando el momento de atacar. Buscaban que desembolsara lo más posible: dinero fácil y seguro. Cuando Eric Valdés cayera por sus propios medios en un estado de inanición, entrarían en escena.

Llegado el tercer día, ya le era imposible sostenerse en pie. Se fue desplomando poco a poco en un sueño lúcido y glorioso. Sus verdugos barajaron la idea de que quizá no sería necesario un plan macabro —como habían hecho otras veces— para robar. Probablemente moriría solo: no era capaz de controlarse allí. Cuando tocó el suelo, fueron por él con la excusa de auxiliarlo. Lo cargaron hasta el auto y lo abandonaron en medio de la carretera, lejos de aquel sitio donde se había sentido tan vivo.

Eric no despertó en varias horas y al hacerlo, estaba tan desconcertado que no percibió lo agotado que estaba su cuerpo. La pulsión de vida invadió su alma y dudaba que su viaje hubiese sido irreal; incluso deseaba regresar.

Tocó su bolsillo derecho para verificar que su preciado dedo estuviera a salvo. Por suerte, nada le había pasado y eso bastaba para sentirse protegido. Sumido en sus convicciones, no esperó más y se puso en marcha en dirección contraria a la de los autos. No sabía adónde lo llevaría ese camino, pero estaba seguro de que a algún lado. El sol otoñal le ardía en la nuca y el horizonte parecía no terminar. Fue desmesurado el esfuerzo realizado para intentar volver; sin embargo, Eric ya arrastraba un deterioro desde el casino. La fatiga lo consumía, sumada a la necesidad de enfrentar sus pensamientos, cosa a la que no estaba acostumbrado. La caminata se volvió insoportable; los síntomas fueron creciendo hasta una notoria desesperación. Eric comenzó a escuchar sirenas de ambulancia que venían de todos lados, sin dirección, y por un momento creyó ver dados rodando en la carretera. Sabía que pronto llegaría su fin si no tomaba una medida desesperada. No pudo pensar demasiado —no podía permitirse pensar demasiado—, así que solo actuó.

Sacó el dedo de su bolsillo, lo desenvolvió y rápidamente comenzó a masticarlo. El dedo olía a victoria rancia, como si la suerte misma se hubiese podrido. Su final sabía a hierro, a polvo, a infancia, pero le permitió poder estar cerca de su padre, otra vez.

Comentarios

  1. Una historia muy interesante y única. Saludos cordiales, y los invito a ver mi nueva pintura :)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias por leerme. Pasé por tu blog y me encanta tu estilo!

      Eliminar
  2. Escribes muy bien y la historia que nos relatas es original.
    Me has recordado, mientras te leía, a los escritores del boom latinoamericano.
    Algo late en el escrito sutilmente parecido a la manera de aquellos interesantes
    escritores, Úrsula, que nos invita a mirarlo con atención e interés.
    Gracias por visitar mi pequeño rincón de " Entre palabras y silencios".
    Un saludo agradecido.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Teo, muchísimas gracias! Qué honor la comparación, gracias por leerme y gracias a ti por compartir tu pequeño rincón.. Saludos!

      Eliminar
  3. Quiero pensar que el inspector Valdés sobrevivió a la agotamiento extremo y a la indigestión causada por comer la carne podrida del dedo, para darse cuenta lo mucho que le gustó ver el atardecer, y proceder a colocar un espejo sobre su máquina favorita, para que le refleje el cielo fuera del negocio de la señora Matilde.
    Me gustó harto el segundo párrafo, el dedo envuelto en una servilleta, como sabiendo que algún día tendría que comérselo :O

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Martín! qué lindo retrato el del espejo... el atardecer lo acompañaría siempre, y sí! Buena observación el detalle de la servilleta. Gracias por leerme <3

      Eliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Amor en verano

TEPT-C