Últimamente veo borrosidad

Por la noche, me duermo pensando en el pánico que me genera la rutina que acontece. Me cuesta seguirla y no entiendo qué es lo que me inquieta. Así transito la vida desde hace más de un mes, como si mi mente me impusiera un tipo de descontrol necesario para sobrevivir de esta manera. Tal vez sea una forma de escape, tal vez un castigo. A veces, mi cerebro me regala episodios de ausencia o la sensación de ser miserable por no tener fortaleza. Me comparo con lo que enfrentan otras personas: problemas reales, problemas que no consisten en guerrillas irracionales.

Pienso en a quiénes les he fallado, y en un gato blanco que entró por mi ventana a principios de este año. No logro distinguir si ocurrió de verdad. Durante un tiempo consideré que podía ser el motivo por el cual comenzó la desgracia. Sin embargo, terminé por decantarme en lo ridículo de la idea. El hecho de que fuese blanco me hace creer en su veracidad, además de que suelo dormir en verano con la ventana abierta.

Siento cómo todo se ha roto dentro de mí, y ya no tengo ganas de aquello que creía necesitar. Ya no sé si sueño, si el gato se robó mi estabilidad o si lo que me sucede es una burda metáfora de mi interior. O si, en cambio, debo tener fe y creer que algo se está acomodando.

El resplandor surge de frente con rapidez y encandila. En cambio, las sombras no se muestran. Me obligan a buscar para comprobar qué es lo que me persigue, pero jamás logro verlas. Al igual que mis problemas.

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