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Arde maniquí

En el fondo nos entendemos, y es curiosa esa forma de expresarlo. Tal vez sea una manera de consolarnos: ofrecer una explicación más profunda sobre otra más superficial, o envolver un hecho que no queremos aceptar. Una pequeña mentira que intenta justificar el daño. Nos entendemos porque formamos parte de algo común, un reflejo en el que vimos pasar, lado a lado, a la misma cantidad de gente. El día que dejé de tenerte fue como perder una pieza que contenía la respuesta. La sensación de correr los muebles y sacudir las cenizas sin una finalidad, la desesperación de dejar ir. Me acompañaba en el trabajo. Era el único maniquí de la tienda, donde vendíamos sombreros y ponchos hechos a mano. Estaba conmigo en las crisis y en los breves momentos de jolgorio. En la sencillez de lo cotidiano, abrazaba tu presencia bajo un silencio abrumador que escondía mis deseos. Observábamos el mundo girar a través de la vitrina del local. Doblaba los ponchos imaginando en qué pensabas. Me irrumpía la duda...

Monólogo de luto

— Son siete años. — ¿Siete años de qué? — De mentirme sin pretexto. — No entiendo a qué te refieres. — Pongámoslo así: el aire roza mis pies en la playa, pero no logro sentirlo. Solo percibo cómo el horizonte me roba el cuerpo. La pasta de ají con jengibre arde, y aun así apenas distingo la humedad que se disuelve en mi boca. Es un problema sensorial, como si mis sentidos hubieran aprendido a fingir. Por eso no me entiendo: porque ya no me siento. Cuando lo conocí, pensé en lo que hoy me atormenta, aunque nunca imaginé que llegaría a su fin. — Disculpa, pero aún no entiendo de qué hablas. — Hablo de que, si uno se miente ignorando lo que siente —aunque a veces ni siquiera sepa cómo hacerlo—, la vida termina por darte una patada. — Entonces… ¿te diste cuenta de que te mentiste mucho tiempo? ¿Eso te duele? — No solo me duele. Me atormenta haber sido desleal conmigo, haberme equivocado, haberlo perdido. Haber sostenido una ilusión que ya no se sostenía. Me hice daño creyendo que podía cam...

Cuento sin título

El inspector Valdés no conocía el atardecer. Pasaba sus días encerrado en un abismo del cual había olvidado —con el paso de los años— cuándo decidió saltar. Su padre, un ludópata incontrolable, le enseñó a apostar desde que tuvo uso de razón. Aprendió a jugar póker antes que a leer y para su funeral, heredó un dedo putrefacto del cadáver. Ese amuleto le brindaba buena suerte, lo llevaba siempre consigo. Eric Valdés aprendió en la clandestinidad a fumar y a lamentarse. Sus tardes, después del trabajo, consistían en ir a las cabinas de juego y apostar lo que ganaba. Salía de noche, cuando las estrellas ya se posaban en el cielo. Dormía pensando en sus impulsos y apenas podía esperar la siguiente ocasión. Hundido en su pequeño mundo de barrio, sus pérdidas eran el sustento principal de la señora Matilda, quien tenía las máquinas necesarias para hacerlo feliz. Condenado a la música estándar latinoamericana y al cáncer de pulmón por tanto fumar, para Valdés era imposible otra manera de afro...

Compartíamos pan Ciabatta en el fin del mundo

El lugar era un joyero flotante destinado a guardar las hazañas de los humanos. Aquello conquistado y relevante se encontraba allí: las estrellas e incendios. Junto a una amiga escalamos el tesoro para guardarnos dentro de él. Era una estructura brillante suspendida en la nada, fuera del tiempo. Adentro, las paredes latían con imágenes del cielo que nos pertenecía, las embarcaciones presentaban sus heridas y los distintos lenguajes mostraban una forma de configurar la psique. Todo era código y carne, mapas invisibles en el aire, líneas dibujadas por la necesidad de comprender y de contarnos unos a otros. Sentía que en mi corazón al fin comprendía qué era la vida y su razón, cómo nuestra colonia —con nudillos y vellos— lograba acariciar la historia. Me impresionaba la posibilidad de haber tocado algo más grande que nosotros. Desde hoy me he prometido aprender más y ver documentales como si el sueño trajera consigo una verdad urgente. Pero lo realmente magnífico fue que después del museo...

Hoy tuve evaluación

Toma su mochila para salir de casa como cada miércoles. Pareciera que cargara con el alma dentro por el peso que le genera. La sensación inevitable de todos los meses y semanas: que algo saldrá mal, algo que la mayoría del tiempo ni siquiera ocurre. ¿La vida transcurrirá así? se pregunta. Un constante vaivén de cuestionamientos y aseveraciones que, dependiendo de la persona, exige un término o un evento expectante que venga a cambiar la realidad. Es una pena que no pueda vivir el ahora. Se convence de que esto es intrínseco en los seres humanos. Debe llegar a la universidad y lo único realmente importante —más que las preguntas existenciales— es llegar a la hora.   Cuando el profesor habla da la impresión de que aún hay motivos para seguir envejeciendo y descubriendo más. Esas palabras, a veces, calman el ruido interior. En otras ocasiones, surgen preguntas imposibles de formular en clases: quisiera saber dónde está esa puerta secreta que solo los suicidas encuentran, por la c...

No tenemos por qué saber los porqués

Mientras tomaba café con su amante en la terraza del workcoffee del banco, comentó que últimamente sufría más de lo habitual, sin entender por qué. Vivía en una niebla emocional, intentando adaptarse a una serie de cambios que había deseado durante años. Sus planes por fin se concretaban, mas no podía sentirse feliz ni disfrutar de ellos. Todo parecía en orden: su vida social, profesional y económica fluía, e incluso sus pares y su familia prestaban atención a sus problemas. Una sombra de color ébano le robaba la alegría del corazón, y no había razones aparentes que justificaran su sufrimiento. Al escucharla, meditaba en lo que da sentido a nuestro día a día. He aprendido —gracias a la benevolencia— lo importante que es cuidar las risas, sostener nuestros propósitos y apoyarnos para sobrevivir en este mundo sin remedio. ¿Será que lo que creía que iba a hacerla sentir contenta era solo una ilusión? Es humano aspirar a metas para tener con qué justificar nuestra desdicha. Pensé larg...

Últimamente veo borrosidad

Por la noche, me duermo pensando en el pánico que me genera la rutina que acontece. Me cuesta seguirla y no entiendo qué es lo que me inquieta. Así transito la vida desde hace más de un mes, como si mi mente me impusiera un tipo de descontrol necesario para sobrevivir de esta manera. Tal vez sea una forma de escape, tal vez un castigo. A veces, mi cerebro me regala episodios de ausencia o la sensación de ser miserable por no tener fortaleza. Me comparo con lo que enfrentan otras personas: problemas reales, problemas que no consisten en guerrillas irracionales. Pienso en a quiénes les he fallado, y en un gato blanco que entró por mi ventana a principios de este año. No logro distinguir si ocurrió de verdad. Durante un tiempo consideré que podía ser el motivo por el cual comenzó la desgracia. Sin embargo, terminé por decantarme en lo ridículo de la idea. El hecho de que fuese blanco me hace creer en su veracidad, además de que suelo dormir en verano con la ventana abierta. Siento cómo to...