Héctor Abad Faciolince

Últimamente he leído libros sobre la familia (por ejemplo, Lo que no tiene nombre, de Piedad Bonnett), pero el tuyo me ha dado esperanza. El olvido que seremos no solo retrata a tu padre desde los ojos con los que lo mirabas, sino que construye una figura más amplia y poderosa: alguien que quería cuidarnos a todos, protegernos, una especie de padre arquetípico. Quizás por eso me conmueve tanto esa imagen: porque evidencia una forma de estar en el mundo que me resulta ajena y, al mismo tiempo, profundamente deseable. Admiro ese gesto de cuidado, porque la mayoría de las personas evitamos sufrir antes que pelear por aquello que importa. A veces parecemos niños desorientados frente a una injusticia que nos excede.

En tu libro mencionas que no hay nada peor que no ser uno mismo, y estoy de acuerdo. Sin embargo, esa idea se me vuelve difícil de sostener cuando la confronto con mi propia experiencia. Mi padre es profundamente auténtico, pero no está bien: es negligente, alcohólico funcional, conflictivo. Tiene, como todos, cosas buenas; aun así, no ha sabido ser un padre. Entonces me pregunto cómo se habita esa contradicción. ¿Se sostiene una relación solo por compasión? ¿Qué se hace cuando la autenticidad no alcanza? Es difícil, muy difícil.

Quizás por eso cuesta tanto procesar aquello que no elegimos vivir. No puedo imaginar el dolor que sentiste cuando ocurrió lo que ocurrió. El mío, en comparación, duele solo por existir. No irrumpe de golpe, pero deja siempre algo sin resolver. El tuyo, en cambio, deja enseñanzas, valentía e inspiración, como si algo frágil hubiese encontrado una forma de transformarse.

Hoy eres abuelo. Tal vez desde ese lugar entendí algo que antes no podía nombrar: la necesidad de imaginar una figura que repare lo que falta. Si fueses el mío, sería muy feliz de tener a alguien tan afable y sensible en mi vida. En algún lugar imagino a un abuelo posible, y eres tú. Te elegí como parte de mi familia, una que existe entre portadas, donde resistimos quienes amamos las letras y a veces no sabemos muy bien cómo habitar el mundo.

PD: No conocí a mis abuelos; sin embargo, vivo con mis dos abuelas. Lamentablemente, una de ellas ya me olvidó.

Te mando muchos cariños. No dejes de escribir. Desde aquí, habrá siempre una chilena interesada, intentando entender.




Comentarios

  1. Cuando nacemos no traemos un libro de instrucciones para como nos tienen que encaminar nuestros padres en la vida, ni mucho menos como debemos ser y educar a nuestros hijos. todo ello es a base de error, éxito.
    Agradecer tus palabras en mi blog, en el cual se puede ver la alma inquieta que soy.

    Saludos.

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  2. Me meto donde no me llaman, pero cuando leo estas cosas que dices entro en un declive y me siento un ser incapaz. Detesto este que soy por haber vivido culpable de tener el padre que tuve, por haberme pasado la vida analizando mí idiosincrasia y en hundo en una miseria que me envuelve y que me empapa de miseria. Ojalá hubiera tenido yo esta capacidad que tú tienes hoy de analizar en el pasado un tiempo pretérito que me hubiera salvado y no condenado. Sin embargo, ese no hubiera sido yo, este que nunca he querido ser y pienso que nunca merecí tener un padre bueno, o un buen padre.

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    1. Es muy duro lo que comentas, y hasta cierto punto, creo que quiénes tenemos un temperamento melancólico nos cuesta la naturaleza humana, sea como sea, con sus facilidades y dificultades. Nos pasamos la vida observando, sumidos en una introspección que daña pero que también logramos acariciar. No importa el contexto, sino cómo nos afecta y forma: probablemente para haber hecho a un escritor como tú, debió estar dotado de sensibilidad el alrededor.

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