Arde maniquí

En el fondo nos entendemos, y es curiosa esa forma de expresarlo. Tal vez sea una manera de consolarnos: ofrecer una explicación más profunda sobre otra más superficial, o envolver un hecho que no queremos aceptar. Una pequeña mentira que intenta justificar el daño.
Nos entendemos porque formamos parte de algo común, un reflejo en el que vimos pasar, lado a lado, a la misma cantidad de gente. El día que dejé de tenerte fue como perder una pieza que contenía la respuesta. La sensación de correr los muebles y sacudir las cenizas sin una finalidad, la desesperación de dejar ir.

Me acompañaba en el trabajo. Era el único maniquí de la tienda, donde vendíamos sombreros y ponchos hechos a mano. Estaba conmigo en las crisis y en los breves momentos de jolgorio. En la sencillez de lo cotidiano, abrazaba tu presencia bajo un silencio abrumador que escondía mis deseos.

Observábamos el mundo girar a través de la vitrina del local. Doblaba los ponchos imaginando en qué pensabas. Me irrumpía la duda: si el cosmos estaba contenido en ti, o si no había nada y estabas vacío. Lo cambiaba según la temporada —de posición o de ropa—; la idea era no perderte de vista mientras atendía. Cuidados que, al final, fueron inútiles, porque todo terminó por quemarse.

Mi local llevaba años funcionando, era mi proyecto de vida. Allí me enamoré de mi soledad y de mi propia quietud. Mariel representaba eso, la permanencia en un plano que no sabía sostener. Eras perfecto. Un dios encarcelado en un cristal sucio. Verte derretir como una vela que llora me costó el delirio que me acompaña. Te dije adiós convirtiéndote en parte de mí. Hoy cargo heridas encendidas que pesan incluso al comer, al sentir la ignición entre las muelas.

Dar adiós a un amor marginado en el encierro. La carente soy yo, y me obsesiona saberme así. Adicta a lo que despierta la necesidad de desearte, mientras tú guardabas un mutismo eterno, sin que supiera si alguna vez quisiste algo de mí.

Vuelve, por favor, Mariel. Volvamos a esa vida. No me dejes. No me olvides. No te vayas; que no entiendo qué es el absoluto, y mucho menos cómo conservarte en mí a través de tu ausencia.

El sueño se hace pesado y la culpa me consume. La enajenación de esperar que las cosas cambien, se acomoden, ha de ser una fantasía. La compulsión que sentí al prender la cocinilla, luego el cigarro, después la ropa, no la he podido olvidar. Temblando en el aire tibio de las noches busqué morir, y solo sé que, cada vez que apareces, la habitación huele a humo y este raspa como lijas sobre mi piel… entonces sé que has vuelto.

Sobrevivo en una quimérica agonía suspendida entre las brasas, pero no te preocupes, Mariel. Yo sabré arder sola.

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