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Fragmento de un libro que no publicaré

Conservo cada fragmento, no se me ha olvidado nada: la sensación al girar la llave al entrar ese día al departamento, las luces que encendí, el mueble que abrí para sacar un vaso y servirme agua. Había un olor y un peso extraño, claustrofóbico, en el ambiente. Observé el espacio y su inmovilidad, la impermanencia que intentaba transformar. Fui a la habitación y te encontré. Estabas acostada en la alfombra, te habías abrigado con el cubrecamas y dejaste todo deshecho en el piso. El cuadro captó mi atención: la postura que tenías no era usual y no hacía frío. Me acerqué lentamente para entender qué sucedía, palpé de a poco por encima de la manta y allí estabas: inerte. No había color en tu rostro. Se había marchado lo más preciado que tenía, mi razón de vivir. Hundida en el pozo dorado que atraviesa la materia, decidiste dejar atrás lo que te aquejaba. Tu sufrimiento había acabado, pero yo, merecidamente, me abismaba en el dolor. El sobrecogedor y romántico tesoro decidió ser ausencia, a...

No quiero decir quién eres

La cama está hecha. La cama está hecha. Te sirven leche caliente para despertar tranquila e irte a trabajar. No anhelas una conexión desesperada. No buscas el diálogo. El apuro no perdona y se lleva cada una de tus pertenencias mientras desayunas. Quedas al descubierto. No hay elogios, tampoco recriminaciones. Te esfuerzas y corres hacia un umbral misterioso. Nadie te entiende. Acompañas. No conoces de teorías. Eres parte de una historia casual. Una de esas donde nadie busca destacar ni dejar un legado. Solo caminas. Tú no te arrastras como otros, perdidos en laberintos rimbombantes. Aplastas a las personas. No te importa. Pero hay una sabiduría en tu locura. Las cosas podrían ser distintas en un paraíso horizontal y no en caída. Quiéreme, aunque sé que lo haces. Tómame de la mano y no te vayas sin mí. Enséñame el egoísmo sin sufrimiento. Quizá la equivocada soy yo.

Héctor Abad Faciolince

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Últimamente he leído libros sobre la familia (por ejemplo, Lo que no tiene nombre , de Piedad Bonnett), pero el tuyo me ha dado esperanza. El olvido que seremos no solo retrata a tu padre desde los ojos con los que lo mirabas, sino que construye una figura más amplia y poderosa: alguien que quería cuidarnos a todos, protegernos, una especie de padre arquetípico. Quizás por eso me conmueve tanto esa imagen: porque evidencia una forma de estar en el mundo que me resulta ajena y, al mismo tiempo, profundamente deseable.  Admiro ese gesto de cuidado , porque la mayoría de las personas evitamos sufrir antes que pelear por aquello que importa. A veces parecemos niños desorientados frente a una injusticia que nos excede. En tu libro mencionas que no hay nada peor que no ser uno mismo, y estoy de acuerdo. Sin embargo, esa idea se me vuelve difícil de sostener cuando la confronto con mi propia experiencia. Mi padre es profundamente auténtico, pero no está bien: es negligente, alcohólico fu...

Abandono en la nube

Juana vestía a sus niños con ropa de color blanco. Temía la escasez de agua y lo que esta estúpida sobrevivencia humana pudiera provocar en su familia. Utilizaban goteros para repartir las dosis mínimas de hidratación diaria, y los baños se realizaban con atomizadores. Sus hijos crecieron de esta forma precaria. Francis y Peter ignoraban el asunto por su corta edad; sin embargo, el menor soñaba con poder crear nubes —tuvo la suerte de verlas apenas dos veces— y abastecer al pueblo. Aún no lo sabía, pero aquel deseo no nacía del todo de la utilidad. Los niños no podían hacer deporte ni jugar con tierra: la calidad del aire era fatal y no había forma de hidratarse o lavarse después del juego. El movimiento estaba prohibido. Esto les producía problemas intestinales e insomnio. Las “quemadas de ojos”, las torres con cartas y las damas lograban hacer olvidar el entorno terrorífico, al menos a los menores. A diferencia de ellos, Juana no soportaba vivir así. Cada día se debilitaba más, hasta...

TEPT-C

Lo único que me ha entregado la vida son golpes, y ahora me siento como una rata caminando sobre veneno : sobrerreaccionando a cualquier estímulo, con una percepción distorsionada de las cosas. No sé si tendré que convivir con esto para siempre o si aprenderé a ser otra. Soy una persona funcional, pero por dentro soy una cañería infestada donde el flujo no conoce la versatilidad, solo la presión de lo que ha sido forzado. Hace poco terminé de ver la serie Cowboy Bebop y Spike, el personaje principal, me hace sentir representada. Esa sensibilidad que no es ternura, sino cicatriz; el trauma habitado como si cada gesto escondiera una historia de algo que se rompió demasiado pronto. Me veo en su mirada, la de quien sigue habitando lo tormentoso y situaciones que nunca debieron ocurrir. La fragilidad de nuestra propia historia suele olvidarse porque no estamos hechos para vivir hacia atrás. Lo que nos mueve existe adelante, aunque sea en un terreno inestable y ...

Cuento sin título ||

Las criaturas me persiguen; están ahí, aisladas, ocultas. Se esconden en los muros y solo yo puedo verlas. Me roban algo esencial, como si apagaran mi brillo. Huyen por las tablas mientras carcomen todo a su paso. Construyen túneles. Invertebrados indóciles que no me dejan en paz. Se deslizan hacia mi interior cuando duermo. Esto me deprime; yo no era así. Mi madre insiste en que vaya al médico, que así desaparecerán y lograrán arrancármelas de la psiquis; que son como piojos, pero aferrados a lo que llevo dentro. Percibo cómo se hunden en los rincones de la habitación y ejecutan su danza habitual. Quizá deba cederles mi existencia: ya no puedo más, me provocan un horror insoportable. Al comienzo, cuando ella supo de la angustia que sentía, me dijo que orara, que buscara lo divino en cada cosa. Desde entonces he intentado entender cómo puede lo sagrado habitar incluso en criaturas viscosas e infames. Pienso que en los cuerpos pútridos no puede morar Dios, tampoco lo hallaré allí. Y si ...

Monólogo de luto

— Son siete años. — ¿Siete años de qué? — De mentirme sin pretexto. — No entiendo a qué te refieres. — Pongámoslo así: el aire roza mis pies en la playa, pero no logro sentirlo. Solo percibo cómo el horizonte me roba el cuerpo. La pasta de ají con jengibre arde, y aun así apenas distingo la humedad que se disuelve en mi boca. Es un problema sensorial, como si mis sentidos hubieran aprendido a fingir. Por eso no me entiendo: porque ya no me siento. Cuando lo conocí, pensé en lo que hoy me atormenta, aunque nunca imaginé que llegaría a su fin. — Disculpa, pero aún no entiendo de qué hablas. — Hablo de que, si uno se miente ignorando lo que siente —aunque a veces ni siquiera sepa cómo hacerlo—, la vida termina por darte una patada. — Entonces… ¿te diste cuenta de que te mentiste mucho tiempo? ¿Eso te duele? — No solo me duele. Me atormenta haber sido desleal conmigo, haberme equivocado, haberlo perdido. Haber sostenido una ilusión que ya no se sostenía. Me hice daño creyendo que podía cam...