Cuento sin título ||
Las criaturas me persiguen; están ahí, aisladas, ocultas. Se esconden en los muros y solo yo puedo verlas. Me roban algo esencial, como si apagaran mi brillo. Huyen por las tablas mientras carcomen todo a su paso. Construyen túneles. Invertebrados indóciles que no me dejan en paz. Se deslizan hacia mi interior cuando duermo. Esto me deprime; yo no era así.
Mi madre insiste en que vaya al médico, que así desaparecerán y lograrán arrancármelas de la psiquis; que son como piojos, pero aferrados a lo que llevo dentro. Percibo cómo se hunden en los rincones de la habitación y ejecutan su danza habitual. Quizá deba cederles mi existencia: ya no puedo más, me provocan un horror insoportable.
Al comienzo, cuando ella supo de la angustia que sentía, me dijo que orara, que buscara lo divino en cada cosa. Desde entonces he intentado entender cómo puede lo sagrado habitar incluso en criaturas viscosas e infames. Pienso que en los cuerpos pútridos no puede morar Dios, tampoco lo hallaré allí. Y si permite que viva esta desesperación, también me ha abandonado. Parece detestarme: me juega una mala broma o un castigo. Ese antídoto tampoco funcionó, la plegaria generó más remordimiento.
¿El doctor recetará pastillas para matarlas? Eso podría afectar lo que llevo dentro. Imagino a los gusanos retorciéndose de dolor mientras un zumbido en si bemol perfora mis oídos y mi mente se fractura al mismo tiempo. Después me prepararían para un raspaje de cráneo, para extraer a los invasores muertos.
¿Me quedaré en este infierno irracional? Juro que es verdad: habito aquí.
Entre paredes que se derriten, me pregunto qué es la realidad y por qué me persiguen estos días alternos. Es que nadie los ve, son incapaces de observar con atención. Temo comprender lo que sus movimientos intentan pronunciar, ese lenguaje hecho de vibraciones y grietas que solo yo alcanzo a intuir.
No sé dónde está mi refugio, y encerrándome no lograrán nada. Ellos me seguirán por el resto de mi vida. Solo tengo una opción y es olvidarme de mí. Acabaré con mis problemas omitiendo lo que me duele y regurgitando el tormento al despertar.
Será nuestro secreto: cómanme la carne, que el pecho me arde del susto. Hagan que me evapore. Oblíguenme a subir a lo más alto y volar lejos de ustedes, donde no puedan alcanzarme, y luego caer hacia donde ya no existen, para dejar de callar lo que me aflige y encontrar lo divino en ese último instante.
Ya no lucho contra la idea de que han vencido. Comprendo, con una calma monstruosa, que mi resistencia no significaba nada.
Me encantó, espero que sigas con esto. Se siente la atmósfera y lo que siente la persona, felicitaciones
ResponderEliminarMuchas gracias por leerme y motivarme! Un abrazo anónim@ :)
EliminarWow, está tremendo. Te adoro ❤️
ResponderEliminarYo también te adoro incógnito@ ❤️!
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